Las capas de la piel: cuáles son y qué funciones tienen
La piel es mucho más que lo que vemos frente al espejo. Es el órgano más grande del cuerpo humano y cumple funciones importantes para nuestra salud y bienestar diario.
Y es que la piel nos protege del entorno, regula la temperatura corporal, evita la pérdida de agua y actúa como una barrera frente a agentes externos como el sol, el frío, la contaminación o los microorganismos.
Pero, para entender por qué la piel necesita cuidados específicos, hay que conocer cómo está estructurada.
Aunque la percibimos como una sola capa, en realidad está formada por tres niveles distintos que trabajan de manera conjunta para mantenerla sana, fuerte y equilibrada.
Epidermis: la barrera que nos protege del exterior
La epidermis es la capa más superficial de la piel y la primera en entrar en contacto con el entorno. A pesar de su delgadez, tiene la función de proteger el organismo.
Es decir, actúa como una barrera física y química frente a bacterias, virus, contaminación y radiación solar, además de regular la pérdida de agua para mantener la hidratación natural de la piel.
En la epidermis se produce la renovación celular, un proceso continuo mediante el cual las células nuevas reemplazan a las antiguas. En esta capa de la piel se encuentra la melanina, el pigmento responsable del color de la piel y de su protección frente a los rayos solares.
Cuando la epidermis está en equilibrio, la piel se siente flexible, cómoda y uniforme. Sin embargo, cuando su función barrera se ve alterada, aparece sequedad, sensibilidad, enrojecimiento o sensación de tirantez.
Por eso, mantener esta capa bien cuidada es de suma importancia para mantener la salud de nuestra piel.
Dermis: el soporte y la elasticidad a la piel
Justo debajo de la epidermis se encuentra la dermis, una capa más gruesa y compleja que actúa como el andamiaje de la piel. En esta capa se concentran estructuras como el colágeno y la elastina, dos proteínas responsables de la firmeza, elasticidad y resistencia cutánea.
La dermis también alberga los vasos sanguíneos que nutren la piel, las terminaciones nerviosas que permiten percibir el tacto, la presión o la temperatura, y las glándulas que producen sudor y sebo. Todo ello hace que esta capa tenga un gran peso en el correcto funcionamiento y equilibrio de la piel.
Con el paso del tiempo o ante agresiones externas continuadas, la dermis puede perder densidad y capacidad de regeneración. La consecuencia de ello es una piel menos elástica, más fina y con mayor tendencia a mostrar signos de envejecimiento.
Hipodermis: protección, aislamiento y reserva
Por último, la hipodermis es la capa más profunda de la piel y está formada principalmente por tejido adiposo.
Aunque no es visible, desempeña un papel esencial en la protección del cuerpo: actúa como amortiguador frente a golpes, ayuda a conservar la temperatura corporal y funciona como reserva energética.
Además, la hipodermis da soporte a las capas superiores y ayuda a que la piel mantenga su estructura y estabilidad. Cuando esta capa está equilibrada, la piel se siente más confortable y protegida frente a cambios externos.
¿Por qué es importante cuidar la piel?
La piel es la gran olvidada en lo que se refiere a los cuidados. Pero hay que saber que su cuidado no es solo una cuestión estética ni algo puntual: es una forma de mantener su función protectora en buen estado y de prevenir desequilibrios a largo plazo.
Así, una piel bien cuidada conserva mejor la hidratación, se regenera con mayor eficacia y responde mejor frente a las agresiones del entorno.
Independientemente del tipo de piel o de la edad, una rutina de cuidado adecuada ayuda a prevenir problemas como la sequedad, la sensibilidad, la pérdida de elasticidad o el envejecimiento prematuro.
¿Cómo afectan los factores externos a la piel?
El entorno influye directamente en el estado de la piel, y este impacto se intensifica en personas con un ritmo de vida activo, como por ejemplo los deportistas que pasan muchas horas expuestos al sol o al frío.
La exposición al sol puede deshidratar la piel y debilitar su barrera protectora, mientras que el frío y el viento tienden a resecarla y volverla más sensible.
A estos factores hay que añadir el sudor, que puede alterar el equilibrio natural de la piel si no se elimina correctamente, y el roce constante, puede generar incomodidad o irritaciones.
Así, cuando estos factores se repiten de forma habitual, la piel necesita cuidados que ayuden a protegerla, reforzar su barrera y favorecer su recuperación, para mantenerla en buen estado día tras día.
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